Anís de la China
El anís es una planta que forma parte de nuestra vida. Actualmente, se usa sobre todo en gastronomía. No obstante, desde la Antigüedad ha servido como hierba medicinal para curar distintas dolencias gastrointestinales.
En definitiva, el anís se ha convertido en nuestro mejor aliado. De hecho, estamos tan familiarizados con él que cualquiera podría reconocer fácilmente su olor y su sabor.
Si buscamos en el Diccionario de la lengua española (2014) la palabra ‘anís’, se observa que en su segunda acepción significa: “Nombre que se da a otras plantas semejantes al anís, especialmente por su olor: Anís dulce, estrellado, de la China”.
A simple vista, no tiene nada de especial esta definición, pero algunos curiosos podrían preguntarse: ¿por qué anís de la China?; ¿el anís viene de la China?; ¿no existe el anís en otros sitios del mundo?
A continuación, explicaremos de dónde viene esa aclaración “de la China”…
Durante la época colonial, los españoles no solo llegaron hasta América, estos colonos pisaron tierras asiáticas. Entre ellas se destacan: China, Japón y Filipinas.
En esta época de descubrimientos, existió un importante contacto cultural que sirvió para el enriquecimiento de distintos pueblos. En consecuencia, el estudio de plantas fue muy importante durante la colonización; puesto que se hallaron diferentes especies muy distintas de las conocidas anteriormente. Como, por ejemplo, el anís de la China.
En relación con las primeras documentaciones de esta palabra, destacamos que el misionero español Pedro de San Buenaventura reflejó en su Vocabulario de la lengua tagala (1613) esta voz de la siguiente manera:
Anis) Sangcqui (pc) de China, de diferente hechura que el de Castilla […].
Asimismo, Fray Domingo de los Santos (1703), otro misionero español, también incluyó esta realidad en su obra hispano-tagala:
Anís. Sanqui (pc) es de China y muy diferente, de el de Castilla, aunque tiene buen gusto […].
Estos misioneros pensaron que documentar esta nueva realidad era importante. Probablemente se debiera a las propiedades de esta planta para el ser humano –ya sean curativas o gastronómicas–. Asimismo, comprobamos que la pronunciación del equivalente léxico podría ser compleja para nuestra lengua. En consecuencia, se realiza una definición aclaratoria propia: anís de la China.
Por lo tanto, el origen de “de la China” se debe a la colonización española. No obstante, en nuestra tradición lexicográfica no lo hallamos hasta el siglo XVIII en el Diccionario castellano de Terreros y Pando:
ANIS, planta y semilla. Fr. Anis. Lat. Anisum, anicetum, anetbum. It. Anice. También se llama anis fuera del comun, á una semilla que trahen de la China, ó de la Siberia, parecida en la figura, y grueso á la semilla de la Coloquintida, y que en el gusto, y olor semeja al anis, aunque es mas subido: nace en una cascarilla, á modo de estrella, con siete rayos, cada cual con su semilla. Fr. Anis. Lat. Fructus stellatus. Los holandeses lo usan en sorbetes, y en el té, para hacerle mas agradable. Esp. t. 4.
Anis de la China. Fr. Badiane. Danle el Lat. Zingi, ó anisum indicum.
A lo largo de los años, esta nueva acepción fue añadida en la lexicografía académica.
Hoy en día, el anís de la China también es denominado como anís estrellado o anís de badiana. Además, lo seguimos usando para fines culinarios.
Fuente: Escuela de Hostelería de Leioa
Marta Ortega Pérez
moperez@ujaen.es
Universidad de Jaén. Departamento de Filología Española. Área de Lengua Española
"Consejos para caminar entre versos y plantas. A propósito de un poema de Clara Janés"
Con la fuerza de un torrente, se suceden en cascada los siguientes versos de la poeta, novelista, traductora y académica Clara Janés:
V [1]
La menta y el espliego y el romero,
el hinojo, la salvia, la ajedrea,
el tomillo, la malva, el estragón,
el anís estrellado y el poleo,
la angélica y el boldo, la violeta,
la ortiga y el llantén, la celidonia,
la maría luisa y la verbena
la tila, el azahar y la artemisa,
la manzanilla, el brezo, la borraja,
la amapola, el helenio, el malvavisco
y también la cicuta.
Se recomienda leerlos despacio, en voz alta a ser posible, apreciando aromas y dejando emerger recuerdos ¿infantiles? (Que cada cual diga). Es imprescindible respetar las pausas, siguiendo el tempo de polisíndeton y asíndeton, aprovechando el soplo del viento mientras juguetea –imaginemos– entre tiernas hojas y tallos enhiestos, sonrojado por el verde paisaje que le observa. Pero que nadie se engañe. No se trata de una retahíla de términos extraídos de un tratado de herbología, ni del inventario de la alacena de un botánico. Habrá que seguir leyendo. Toparemos con significativas ausencias pues en estos versos no hay más figuración que la palabra desnuda, que la naturaleza esencializada en unas cuantas plantas arracimadas sin verbo ni adjetivo, sin más ponderación que el poder evocador de su fragancia o que el misterioso atractivo de sus secretos medicinales o salutíferos.
A vista de pájaro, veremos once versos y casi una treintena de hierbas enumeradas en letanía, como canto celebrativo de la naturaleza y lo cotidiano, constancia de la vida y su reverso. Atentos todos al savoir faire del verso blanco, con su gustosa cadencia surgida de espaldas a la rima. Resuena el eco de la sexta sílaba en el tránsito acompasado de un endecasílabo a otro. Una y otra vez, una y otra vez, hasta contar diez, porque al final el último verso se quiebra, por mor de la cicuta y su ponzoña, como se quiebra la propia vida en el verso final por causas del destino.
Con todo, habrá quien diga que solo son plantas, que solo son versos. Si es así, se recomienda leerlos despacio, en voz alta si es posible…
[1] Quinto de los ocho fragmentos del poema “Convite”, incluido en el poemario Vivir con el que Clara Janés obtuvo el Premio Ciudad de Barcelona en 1983, año de su publicación (Madrid, Hiperión). Fue reeditado en 2009 (Madrid, Huerga & Fierro).
Cristina Castillo Martínez
Universidad de Jaén. Departamento de Filología Española. Área de Literatura Española
Con la fuerza de un torrente, se suceden en cascada los siguientes versos de la poeta, novelista, traductora y académica Clara Janés:
V [1]
La menta y el espliego y el romero,
el hinojo, la salvia, la ajedrea,
el tomillo, la malva, el estragón,
el anís estrellado y el poleo,
la angélica y el boldo, la violeta,
la ortiga y el llantén, la celidonia,
la maría luisa y la verbena
la tila, el azahar y la artemisa,
la manzanilla, el brezo, la borraja,
la amapola, el helenio, el malvavisco
y también la cicuta.
Se recomienda leerlos despacio, en voz alta a ser posible, apreciando aromas y dejando emerger recuerdos ¿infantiles? (Que cada cual diga). Es imprescindible respetar las pausas, siguiendo el tempo de polisíndeton y asíndeton, aprovechando el soplo del viento mientras juguetea –imaginemos– entre tiernas hojas y tallos enhiestos, sonrojado por el verde paisaje que le observa. Pero que nadie se engañe. No se trata de una retahíla de términos extraídos de un tratado de herbología, ni del inventario de la alacena de un botánico. Habrá que seguir leyendo. Toparemos con significativas ausencias pues en estos versos no hay más figuración que la palabra desnuda, que la naturaleza esencializada en unas cuantas plantas arracimadas sin verbo ni adjetivo, sin más ponderación que el poder evocador de su fragancia o que el misterioso atractivo de sus secretos medicinales o salutíferos.
A vista de pájaro, veremos once versos y casi una treintena de hierbas enumeradas en letanía, como canto celebrativo de la naturaleza y lo cotidiano, constancia de la vida y su reverso. Atentos todos al savoir faire del verso blanco, con su gustosa cadencia surgida de espaldas a la rima. Resuena el eco de la sexta sílaba en el tránsito acompasado de un endecasílabo a otro. Una y otra vez, una y otra vez, hasta contar diez, porque al final el último verso se quiebra, por mor de la cicuta y su ponzoña, como se quiebra la propia vida en el verso final por causas del destino.
Con todo, habrá quien diga que solo son plantas, que solo son versos. Si es así, se recomienda leerlos despacio, en voz alta si es posible…
[1] Quinto de los ocho fragmentos del poema “Convite”, incluido en el poemario Vivir con el que Clara Janés obtuvo el Premio Ciudad de Barcelona en 1983, año de su publicación (Madrid, Hiperión). Fue reeditado en 2009 (Madrid, Huerga & Fierro).
Cristina Castillo Martínez
Universidad de Jaén. Departamento de Filología Española. Área de Literatura Española
María del Mar Gutiérrez Murillo
Responsable de la conservación del Museo de Etnobotánica del Real Jardín Botánico de Córdoba.
1. ¿Cómo llegaste a trabajar con plantas y en qué consiste tu trabajo?
Mi pasión por las plantas y la naturaleza viene desde pequeñita; de continuas excursiones familiares al campo los fines de semana. El primer acercamiento al mundo del trabajo formal lo inicié a partir de prácticas universitarias en el Jardín Botánico de Córdoba en 1989. El Museo de Etnobotánica aún no existía.
Mi actual trabajo en el Museo de Etnobotánica consiste en la conservación, custodia, estudio, documentación e investigación de la cultura material que diferentes culturas han creado a partir de las plantas.
2. ¿Qué aporta tu trabajo a la sociedad? ¿Y a la cultura?
El ingenio humano ha transformado la naturaleza para producir soluciones útiles que mejoraban y facilitaban la vida, además de la supervivencia en los aspectos más básicos.
Para la sociedad, es fundamental tener disponibles y a punto patrones y referentes de objetos y sustancias creadas a partir de plantas. Mi trabajo contribuye a tenerlos en buen estado de salud, conservándolos en las mejores condiciones posibles, como una garantía de perduración en el tiempo de testimonios vivos observables, disponibles y accesibles a todas las personas. Cuando la tecnología cambia, los objetos y recursos más vinculados a las actividades que normalmente han sostenido la vida, suelen ser eliminados, y en muchos casos, no ha quedado la más mínima huella de su existencia. La información que pueden aportar en su propia composición contiene saber, historia y ciencia.
Otra aportación interesante es que genera condiciones idóneas para mantener ciertos referentes básicos, alentar la creatividad y favorecer un desarrollo dinámico de la cultura de diversas zonas, y en especial del área geográfica en la que se encuentra el Museo de Etnobotánica.
3.¿Un lugar verde que sea especial para ti?
La Sierrezuela de Posadas, en Córdoba. Un enclave natural entre Sierra Morena y el valle del Guadalquivir, con una vegetación mediterránea en un estado de conservación impecable que el pueblo aprecia y cuida con mimo.
Tiene una simbología especial que ya supieron reconocer nuestros antepasados hace miles de años. Así lo atestiguan algunos monumentos megalíticos en el lugar.
4. ¿Tienes un libro o una película sobre la naturaleza (flora) que te haya marcado?
Un libro: el primero de la serie sobre el Inventario español de los conocimientos tradicionales relativos a la biodiversidad (Pardo de Santayana et al., 2014). Un referente fundamental de la etnobotánica ibérica.
Película: Los últimos días del Edén, dirigida por John McTiernan y protagonizada por Lorraine Bracco, Sean Connery y José Wilker. Tiene un trasfondo etnobotánico evidente. Nos hace pensar sobre las cuestiones éticas en la ciencia al apropiarse de los conocimientos ancestrales que custodian las comunidades locales y muy especialmente, los pueblos indígenas de muchos lugares del mundo.
5. ¿Crees que el progreso humano ha deteriorado la relación hombre-planta? ¿Se pueden reconciliar ambos aspectos?
El "progreso" ha alejado, en gran medida, a las personas de los espacios naturales, de los demás seres vivos y de los fenómenos de la naturaleza que hasta hace poco se observaban con especial atención. El deterioro no es indicio de progreso, sino de regresión.
La relación de los seres humanos con las plantas tiene muchas vertientes. Incluye a mujeres, hombres, criaturas de todas las edades, y se da tanto a título individual como colectivo.
Y son relaciones muy diversas: utilitarias, prácticas, colaborativas, simbólicas, cognitivas, e incluso conservacionistas y proteccionistas. El equilibrio está en aprender de la experiencia que nos deja la historia ecológica de la Humanidad, algo muy sencillo que nuestra especie no está dispuesta a realizar desde hace, al menos, un milenio: el progreso es conseguir equilibrio. Para ello, hay que explotar y desarrollarnos mucho menos, utilizar de la naturaleza lo estrictamente necesario, disminuir drásticamente lo arrancado a la Tierra sin necesidad. A día de hoy, no soy optimista en este aspecto.
6. ¿Algo verde para comer? ¿Y para oler?
Para comer, las hierbas amargas como las rúcolas (Eruca spp.) o los berros (Nasturtium officinale). Para oler, el aroma del azahar de las mandarinas (Citrus reticulata).
7. ¿Un deseo verde?
Que los grupos humanos mediterráneos actuales volviéramos a observar detenidamente la naturaleza, a los seres vivos que la habitan, y encontrarnos y disfrutar con ella con el mimo, aprecio y respeto que merece.
"Naturalismo"
El diccionario académico define naturalismo como una “tendencia artística que trata de seguir y representar lo más fielmente posible a la naturaleza, huyendo del idealismo”; se diferencia del realismo porque este “añade a la intención reproductiva una relación dialéctica y un juicio del artista sobre la realidad interpretada”. En 1787, Terreros y Pando incluyó este término en su diccionario, sin hacer ninguna alusión artística, aunque sí recalcó que el naturalista es aquel que estudia o ha estudiado la naturaleza. Este término es utilizado para determinar el grado de fidelidad de la ornamentación vegetal y floral de un textil con respecto a la verdadera natura. Si bien, en este caso, nos interesa por ser el nombre dado a una de las modas desarrolladas en el siglo XVIII, caracterizada por la decoración de flores de gran tamaño y de colores muy vivos.
Los motivos naturalistas fueron creados en Lyon, pero se extendieron a otros centros de Francia y Europa, un interés probablemente motivado por la pintura de flores, tan del gusto del momento. También supusieron una fuerte influencia las estampas de botánica que se publicaron en esta época y que sirvieron de modelo para numerosos diseños. Aunque, sin duda, todo el mérito es de los diseñadores que, con su talento, contribuyeron a que la ciudad francesa fuese el centro manufacturero más importante del Setecientos. Los dibujantes eran enviados regularmente a París por los fabricantes, donde frecuentaban a los pintores floristas y el Jardin des Plantes. Al mismo tiempo, estaban inmersos en las nuevas modas referentes a los muebles y el vestuario.
Este tipo de tejidos se caracterizaron por un uso creíble del color, por lo que no pueden ser considerados naturalistas los que incluyen láminas o hilos metálicos en la decoración. En estos textiles las gamas de colores fueron yuxtapuestas inteligentemente, como previamente se hizo en el bordado tras los avances de Federico Nave, técnica mucho más fácil para conseguir estos resultados. Además, estas tonalidades adquirieron un significado expresionista, más que en modas textiles anteriores, que podrían ser denominados como impresionista. Estos seguían unos parámetros de eclosión cromática y sombreado, con porciones paralelas de diferentes tonos ascendentes o descendentes en función de la luz o el contraste deseado en la flor, lo cual aumentaba la sensación de naturalismo y el efecto de tridimensionalidad. El sombreado se tuvo muy en cuenta porque gracias a ese efecto pictórico se conseguía la apariencia veraz.
Según el diseñador lionés Jacque-Charles Dutillieu (1718-1782), Courtois fue el primero en trasladar las degradaciones pictóricas vistas en el bordado al telar, en el año 1730. Clare Browne, en su obra Silk designs of the Eighteenth century from the Victoria and Albert Museum, London (1996), señala la fecha de 1732 como el paradigma del hallazgo de la tridimensionalidad pues, a partir de entonces, las representaciones meramente superficiales desaparecieron. Para el resto de autores la fecha definitiva es 1733, cuando los motivos florales llegaron a su mayor tamaño al aprovechar los avances técnicos, en ocasiones muy cercanos a la pintura de la época. Estas composiciones de frutas, flores y vegetación a veces incorporaban jarrones, animales, edificios fortificados y pequeñas escenas de género, incluso cierto orientalismo.
En esa consolidación del naturalismo mucho tuvo que ver Jean Revel (1684-1751), creador de la técnica del points rentrés. El trabajo de Revel fue decisivo para la decoración de las sedas de Lyon durante unos diez años, aunque el diseñador no murió hasta 1751. Entre 1740 y 1742, los motivos naturalistas alcanzaron una escala masiva. A partir de entonces comenzó un nuevo cambio de gusto, posiblemente consecuencia del agotamiento o la saturación de esta estética tan ostentosa, visual y colorista. A pesar de la aparición de la siguiente moda, el legado de Revel se mantuvo presente, no solo por la pervivencia del uso del points rentrés, sino también por su identidad decorativa pues, aunque variara con el paso del tiempo, partía de una misma base naturalista.
Ismael Amaro Martos
Historiador del Arte
Universidad de Jaén. Departamento de Patrimonio Histórico. Área Historia del Arte


